Ojo descompuesto, dedos automáticos

Un superhéroe levanta el brazo derecho y encoge la pierna izquierda. Está en posición de despegue. Su dinamismo queda cortado por los márgenes de la carátula de un libro que lo contiene. Bostezo, bostezo. Lagrimeo, lagrimeo. El libro y su caráctula están limitados por los márgenes de un escritorio de madera viejo sobre el cual hay una agenda negra con verde, un verde que recuerda las casas de campaña clavadas a la tierra de un campo cubierto por la noche plagada de luces tímidas. El escritorio está en un cuarto alto y ancho. En una de las cuatro paredes que lo conforman se observa una cama destendida decorada por el desorden de papeles que podrían ser documentos. Detrás de la pared suenan los ruidos del hogar, son pisadas lentas y esporádicas, son golpes secos de martillo sobre la otra cara de ese muro. El martillo, herramienta para clavar, facilitador de la tortura... Luego unos ojos que luchan por no cerrarse. Y unos dedos que han sido siempre, desde la primera U de este universo: teclean palabras casi al azar, esperando encontra algo más que el tedio, algo más que el placer, que el amor quizás. Los ojos se cierran, adiós.

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