Paisaje café

Sólo hay cuatro mesas ocupadas. Las sillas amontonadas son muestra que de que el café apenas recién ha abierto para ofrecer sus servicios. Los meseros preparan un ejercito de servilleteros y azucareras. Es un café al aire libre, de frente al Conservatorio de las Rosas, en el Jardín de las Rosas. A mi lado dos turistas alemanas comentan la carta; antes se han tomado fotos y han sonreído. Ahora el mesero les toma la orden.
Las alemanas consultan el mapa de su almanaque de viajero México & Southamerica (en inglés aunque sean alemanas), quizá revisando la próxima parada del viaje. Una de ellas es morena y lleva una pañoleta atada a la cabeza, la otra es más alta y de piel clara; las dos son delgadas y jóvenes.
El mesero les lleva una naranjada que derrama sobre la chamarra de la morena. Ella se escandaliza un poco. El mesero se desentiende mientras ella apura la servilleta y frota la mancha. Después de un momento todo queda olvidado, y continúa la revisión del almanaque. Por debajo de la mesa se observan los pies descalzos de ambas, y a un lado los tenis y las sandalias.
Pasa un joven cargando una mochila que en volumen es una tercera parte del él. Voltea el rostro hacia donde están las jóvenes alemanas, y como si todo fuera una feliz casualidad (quizás lo fue), las saluda con sorpresa. Ellas le devuelven el saludo con mayor espontaneidad. El joven parece ser local (por los menos del país), pues sólo habla español. Se sienta con ellas y platican sobre sus destinos y sus itinerarios turísticos. “¿A dónde van ahorita?”, les pregunta el muchacho.
Hay música ambiental. Recién ha terminado un canción titulada Killing me softly (Matándome suavemente) en una versión instrumental inevitablemente cursi. Después de escuchar veinte minutos esto, es difícil no pensar que todas las versiones instrumentales de canciones viejas suenan cursi.
—¿Tu tienes novio? —pregunta el joven que conversa con las viajeras europeas.
Los turistas proliferan. A dos mesa de distancia de las europeas, el intercambio cultural cambia de dirección geográfica, del Este al Norte: un grupo de norteamericanos se encuentra con otro grupo de norteamericanos. “¡Jola!”, saluda uno de ellos a los compatriotas. “¿How is this place?”, “¡empanadas!.. Those are preety good!”.
Las europeas continúan charlando con el muchacho mexicano.
—¿Tu hablas mejor español? —pregunta el joven a la morena.
—No, no, ella habla mejor que yo —responde ella, señalando a su compañera.
—¿Pueden decir Parangaricutirimícuaro? —continúa el joven— Pa-ran-ga-ri-cu-ti-ri-mí-cua-ro.
Alrededor lo turístico invade la naturalidad del lugar, como recubierto por quién sabe que manto invisible que lo hace parecer pintoresco o escenario de postal. Como lugar visitable, pero no habitable. Y a muchos les encanta la idea porque caminan por ahí con cámaras (de video o fotográficas) al cuello.
Aquí los cafés son lugares de estancia turística, de bohemia o “caché”, para intelectualoides y foráneos; y lo que queda del Jardín de las Rosas es un poco más del dominio público. En las bancas los niños juegan a treparse, los boleros sacan brillo a los zapatos, los pintores y escultores venden sus obras, la fuente murmura, los árboles nacen de la cantera y Cervantes vigila a los que vienen y Vasco de Quiroga a los que van.
El próximo lugar en la parada de las turistas alemanas serán las playas de Manzanillo. El café sabe bien.

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