Sombra en el umbral



—No te había preguntado, ¿tienes mujer, novia, pareja, lo que sea? -dice M a Matías.
—Tenía, o tengo, no sé bien.
—Por qué lo dices.
—Por que hace poco ella y yo decidimos separarnos por un tiempo.
—¿No les estaban saliendo bien las cosas?
—No.

M siente que el mundo se cae de nuevo [¿es que no será suficiente con una vez?, ¿es que acaso el mundo se cae varias veces en el lapso de una vida?]. Piensa en pedir disculpas a Matías pero en realidad le gustaría seguir preguntando.

—Tres días antes de venir, nos encontramos en la calle por casualidad —dice Matías solo, sin que M le haya preguntado nada—. Se sorprendió de verme, pero su sorpresa fue más bien reservada. Sin embargo, sonreía en todo momento. Me preguntó qué hacía por allí, y le dije que tenía un compromiso de trabajo. Quizá para el reino de los corazones malditos esto sea estúpido, pero en ese momento ella me pareció hermosa (y me volví a dar cuenta que siempre ha sido hermosa). Mientras ella esbozaba su sonrisa y trataba de no verme yo tenía el rostro serio. Pienso en ese momento, yo con el rostro serio y ella con el rostro sonriente, y visualizo dentro de mí un despeñadero profundo por el que va cayendo algo, y ese algo soy yo. Yo soy el despeñadero, la caída, el que cae, el que ve, el de la cara seria, y el que está frente a ella al mismo tiempo. Ver sus ojos aumenta la velocidad de la caída y se multiplica cuando le hago preguntas y ella contesta como si estuviera muy lejos. Pero el golpe final viene cuando ella se va, cuando da la espalda y se despide muy amable y sonriente (lo digo de nuevo: hermosa), cuando va subiendo al microbús, y cuando sé que a ella nunca le gustó subirse a los microbuses. No nos habíamos visto en casi dos semanas. Necesito verla otra vez. La necesito. ¿Quién me puede decir el precio que se tiene que pagar por volver, por encontrar, por entender?

M no dice nada sólo piensa. Y más tarde, cuando llega a su casa, busca entre sus libro y lee a Elizondo:

Creo que como todos los hombres, mis primeros versos brotaron ante la presencia de una mujer o, más bien, ante la certidumbre de su existencia, pero esos primero versos nacían más allá o más acá del sentido que la poesía tiene como vocación de “hacer con las palabras”; nacieron, en realidad, como respuesta a la pregunta que se hace el hombre ante la contundencia de esa relación mágica que convierte a una mujer en un convivencia indefinible para él, que la convierte en la amada. ¿Qué hago?, se pregunta ante este hecho capital.

M recuerda: la ve a ella ser la persona con la que descubrió la poesía. Se da cuenta que fue ella con quien por primera vez pudo decir Poesía eres tú. Recuerda las noches ambiguas de versos ripiosos y de odas discretas: cantos a la luna, cantos a los cuartos azules, cantos a la selva y su geografía hermosa.

De noche, M cierra su bitácora con dos palíndromos, se dice: EME AMA

La sombra sigue atravesada en el umbral de la puerta.

Comments

Evolución Aire said…
Señor pase de rápido. Sólo para decirle que ya llegue, y que ahora lo estaré leyendo muy de vez en cuando, me pasearé, prometo no hacer nada que no le guste...
Bueno, mil gracias por el mensaje, sigo por aquí.
Ermitaña
Anonymous said…
tu intención involucra explicitamente al lector (o mejor dicho ami), en un ambiente efusivo, en una esfera de vicisitudes que son dificiles de confrontar y eludirlas.
¿crees que M algún dia ame y disfrute la poesía?
"wo es war, soll ich werden"
J.S. Macotela said…
Oye, Leti. Por si lees este mensaje: No hay bronca, tira la pedrada como tu sabes. No me agüito.

Jonathan

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