La tempête [o los detectives salvajes en el río]


Busco en las líneas de algún verso el camino para escribir. Encuentro este: La tempête a béni mes évils maritimes (La tormenta mi despertar marítimo bendijo). El verso es de Rimbaud, pero no, en esta ocasión no escribiremos de Rimbaud, o por lo menos no directamente, sino de Roberto Bolaño, otro poeta.

El barco ebrio, de ahí sale el verso con el que trato de encontrar un asidero para reseñar el libro más famoso de Bolaño: Los detectives salvajes. Antes he pensado, ¿qué puedo decir de Los detectives?, ¿cómo definirlos?, y se me han despertado en la cabeza varias ideas. La primera tiene su origen en el recuerdo de ese momento inmediato al término de la lectura del libro. Puedo escribir (con toda la subjetividad del mundo, obviamente) que luego de leer Los detectives queda un nudo en la garganta, un nudo que no es más que una manera de explicar el hueco que nos queda en alguna parte de lo que por tradición se ha llamado alma. Eso es lo que se siente, un hueco, o mejor dicho, un agujero, un vacío.

Más allá de slogans publicitarios de editorial, no parece ser exageración afirmar que la escritura de Bolaño es adictiva. Su talento como narrador es espectacular y su capacidad para dar profundidad poética al texto es admirable. Los detectives es una historia de muchas historias, que aunque protagonizada por dos fantasmales (y entrañables) personajes como Ulises Lima y Arturo Belano, es a la vez la historia de otra cosa, de algo que es maravillosamente ambiguo, que por ello escapa a las definiciones tajantes. Ante esta incapacidad de nombrar me han venido a la mente unas cuantas palabras: soledad, abandono, tierra baldía, precipicio, caída, tristeza, y otra vez soledad. Y como no he acertado en dominar una explicación, he buscado algún verso, y como he dicho, me ha salido Rimbaud al rescate: La tormenta mi despertar marítimo bendijo. Pues así son los detectives salvajes, como barcos a la deriva en el poema del mar, bendecidos por el desastre, solitarios en su precipitarse hacia la nada (porque ¿desde cuándo la caída puede ser un acto colectivo?), suicidas hermosos, tristes como todo suicida. Son hombres y mujeres imposibles, que aún se hicieron más imposibles al existir.

En la crítica española, Los detectives es, creo, una de las novelas mejor situadas. No sólo por las simpatías de autores como Vila-Matas o Fresán, sino por lo que ella misa ha logrado imponer (los textos, como decía Cortázar, tienen que ser como gatos patas arriba, que se defiendan solos). De algún modo, me parece, Los detectives ha removido en los lectores y escritores que la han conocido, algo en su concepción del género novela o incluso en su concepción de lo que es la literatura. Me intriga pensar cuál es esa chispa que incendia, que hace brillar tanto a la obra. No lo sé, pero lo que es un hecho es que Bolaño, sobre cierto tipo de lectores, ejercer el efecto de un virus, o de un hoyo negro que absorbe lo que se encuentra al paso, es decir, todo. Así, después de leer a Bolaño casi lo único que queda es tener un poco de miedo, miedo a que ocurran una serie de procesos que lleven las cosas a un extremo que siempre he aborrecido: que la simpatía se convierta en fervor, que el fervor se convierta en religión, que el estilo ajeno se convierta en propio (pero de una manera burda y miserablemente plagiada), que la demás literatura y los demás escritores (no todos pero sí muchos) se conviertan en planetas-desecho girando en torno a un sol muerto. En la educación literaria hay que matar a los padres para después resucitarlos, a veces es difícil, a veces no se puede, pero en cualquiera de los casos, es doloroso. Sin embargo, ese es un tema que nos puede llevar mucho más lejos de lo que podemos andar con estas líneas.

Ahora, creo que en una reseña se debe escribir sobre la trama de libro comentado, así que como no lo he hecho, lo haré rápidamente: Ulises Lima y Roberto Belano, poetas jóvenes, buscan las huellas de Cesárea Tinajero, escritora mexicana desaparecida en el desierto del norte de México; el viaje se extiende 20 años y a lo largo de una decena de países, y caput. Pero la historia es mucho más vasta que su trama. Los detectives salvajes es quizá una de las mejores novelas latinoamericanas de los últimos años. Ya la han elogiado las plumas de gente como Ignacio Echeverría, y Juan Villoro. Y ahora, de manera más escondida, torpe e intrascendente, la elogio yo. Una gran novela que, por cierto, me ha despertado la necesidad de leer a Rimbaud, Lautreamont, Verlaine, Apollinaire, Pound, Bretón, Parra, Lihn, Pizarnik, y también a DeLillo y a Kennedy Toole.


*** Por cierto, Luis Paz también tiene su versión de los hechos (De incertidumbres detectivescas). Y si alguien quiere leer los comentarios de otras plumas como Vila-Matas, Villoro, et al, pues sólo dele click.

Comments

R.B. said…
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