No me acuerdo cuantos años tenía

Quizá era diciembre del año 90. El recuerdo es ubicuo, me sitúa en dos o tres lugares a la vez: en la sala de mi casa, en el cuarto de mi amigo S, en un auditorio vacío repleto de sillas ordenadas. No recuerdo exactamente cuántos años teníamos. Sólo sé que éramos unos niños todavía. S siempre fue un lector voraz, y ahora puedo decir que él tiene mucha parte en la devoción que ahora profeso a la literatura. Sin embargo, en ese entonces, yo estaba lejos de ser un lector asiduo, prefería ver televisión más de cinco horas y jugar videojuegos en mi casa. Ni siquiera hacía deporte. Pero S leía, y leía de todo. Su lectura solía hacerla en inglés (S nació en una ciudad de Arizona, en Estados Unidos). Yo entendía el inglés pero mantenía cierta distancia (nunca quise hablarlo, no procuré su lectura y menos su escritura). Este doble rechazo, a la lectura y al inglés, hizo, creo, que en algunas ocasiones decidiera preguntarle a S qué era lo que leía. A él le gustaba repasar las historias conmigo pero nunca lo hacía como una de sus actividades favoritas.

En cierta ocasión, la historia que contó me intrigó más de lo común. Era sobre faunos, centauros, náyades, espadas, magia y niños. Me contaba, a veces durante horas, fragmentos de una historia épica mayor llena de este tipo de personajes. Y cuando terminaba siempre quedaban cabos sueltos en su narración, entonces yo preguntaba qué había pasado con tal o cual personaje, y él contestaba que "hasta ahí iba" su lectura. A él le faltaba más por leer, y a mí, por su puesto, más por escuchar. Esos cuentos ambiguos sobre cosas que a veces no entendía, se convirtieron con los años en el sustrato de una especie de imaginería personal de los sueños que me acompañaba en las noches más divertidas de mi vida en las que me veía a mí mismo como el personaje principal de cierta versión mágica de La Isla del tesoro de Stevenson, o como pirata dueño de una guarida infinita situada a las orillas del mar. Con los años se fueron difuminando esas imágenes originarias para ceder el paso a nuevas versiones reconstruidas del mismo sueño “primigenio” pero aderezado con los parches tecnológicos de la ciencia ficción. S regresó a Estados Unidos, y yo me quedé solo con mis videojuegos, hasta que volví a acercarme a la literatura ya no para escucharla sino para leerla, porque supe que nadie más me la contaría de nuevo.

A principios del 2002 un amigo mío me sugirió una guía de lectura básica. Sus diez o veinte libros indispensables. La lista (amo las listas) contenía un nombre que me resonó de manera peculiar en la cabeza: Las crónicas de Narnia. Entendí que había algo que me vinculaba a ese nombre que en ese momento no tenía ninguna representación mental. Le pregunté a mi amigo sobre esas crónicas y el camino hacia atrás se fue dibujando solo. La historia de unos niños que encuentran un mundo de nieve detrás de los abrigos de un armario viejo. Eran eso, eran Las crónicas de Narnia las que me contaba S cuando éramos niños.

Ubicada la fuente, me di a la tarea de tener los libros, para leerlos uno por uno, de conocer con mi propia experiencia esas historias ambiguas que tenía en la memoria. Pero nadie conocía las crónicas, o no por lo menos en las librerías locales (que nunca tienen cosas que no estén de moda); en Internet sólo se encontraba en español el primero de los siete volúmenes, y solía exponerse en las vitrinas cibernéticas como “material agotado”, o “no en existencia”. Así que decidí que el próximo paso era leer en inglés The chronicles of Narnia, porque en ese idioma son consideradas un clásico. Sin embargo, en una ocasión de visita a una de las librerías del Centro de la ciudad que no había recorrido antes, desacomodé por descuido un par de volúmenes de un estante de literatura infantil que jamás hubiera revisado por que, en primer lugar, era infantil; en segundo, porque lucían bastante rústicas y hasta descuidadas las ediciones; y tercero, incluían títulos como Platón para niños, o El Quijote resumido. Pero mi torpeza me hizo poner atención para su acomodo. Y como, seguramente estarán pensando quienes leen esto, fue ahí donde encontré los siete volúmenes de Las Crónicas de Narina. Las compré y las leí. Ahora son parte de esos libros entrañables que uno va encontrado con el paso de las hojas.


Me he volcado a escribir estas líneas porque he leído hace unos veinte minutos en el periódico que, aprovechando la moda mágica originada con series como Harry Potter y El señor de los anillos, Disney ha hecho una película sobre esta saga. A pesar de todo lo sucio y mercantil que pueda implicarse en ello, no puedo evitar sentirme feliz por la noticia. Este proyecto comercial cinematográfico ha hecho que se lleve a cabo una completa reedición de las crónicas haciéndolas accesibles hasta en las librerías en que hace unos años se reían de mí. Me da gusto por que estas lecturas están ahora en los estantes junto a las de Harry Potter, me da gusto porque la distancia literaria entre C.S. Lewis y J.K. Rowling es abismal (Lewis además de escritor de ficción [por cierto, Borges lo cita en su Manual de zoología fantástica], fue también un reconocido medievalista y maestro de literatura antigua). Por fin algo de buena literatura fantástica para los niños. En cuanto yo pueda, me voy a volver a comprar la saga en estas nuevas ediciones que están saliendo.

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