La noche de Manu Chao



Para Itchel

Es de noche en la Ciudad de México. En el centro del Distrito Federal un corazón enorme late desaforado. “Después de seis años volvimos, y siempre volveremos. Gracias México, gracias Zócalo”, dice Manu Chao ante más de 150 mil personas extasiadas tras varias horas de música y baile. Hay una simbiosis, una sincronización mística, entre el hombre en el escenario y su público. La Ciudad de los palacios palpita juventud, fiesta, conciencia, esperanza. “Pase lo que pase, suceda lo que suceda.... ¡Próxima estación: Esperanza!”.

A las 5:00 de la tarde el Zócalo ya está poblado de miles. El tránsito vehicular aún es posible por las calles alrededor de la plaza. El cielo está cerrado. Hace un aire de lluvia. Frente a la catedral se erige un monumental escenario que dividido en tres partes abarca toda la explanada zocalina. Las filas repletas de juventud colorida que pretenden traspasar las vallas se va haciendo más y más gruesa. Los policías procuran revisar a los más, quitan cinturones, confiscan botellas. En el aire suena un flamenco hip-hop de Ojos de brujo.

Comienza a llover. Los Estrambóticos y Panteón Rococó son los encargados de iniciar la faena, pero es Panteón Rococó quien en definitiva inaugura la tarde cargada de expresión política militante: su vocalista, el Dr. Shenka, sube a cantar ataviado con un pasamontañas. Y junto con la música y las palabras de los rococós se levantan los puños. Ya no llueve, todos saltan, y el Zócalo tiembla.

Cae la noche. “Al pueblo de México, a los pueblos y gobiernos del mundo. Hermanos, nosotros nacimos de la noche, en ella vivimos, moriremos en ella. Pero la luz será mañana para los más, para todos aquellos que lloran la noche, para quienes se niega el día; para todos la luz, para todos todo”, la voz del subcomandante Marcos suena en las bocinas acompañado de una música reggae. La gente sabe que esa es la señal y que Manu Chao está cerca. La explanada del Zócalo se desborda de personas, las calles están cerradas y llenas, en las ventanas y balcones de hoteles aledaños hay gente pendiente del sonido que viene. “¡Cómo está mi pueblo!”, grita Manu. El corazón de la ciudad palpita acelerado.

Saltos, saltos, gritos de empatía extrema, puños arriba. “¡Pombala-pombala-pombala-pombala!” La noche tiene ritmo, todo va al compás de la Mano Negra, la Radio Bemba y del Manu Chao, ese figurón de la música mestiza. Y la fiesta no para, después de cada canción no hay un solo silencio. El jaleo se va del reggae al punk, y de punk al reggae. Manu salta con la guitarra puesta, lo siguen sus músicos de Radio Bemba. Todo es ritmo, cadencia. Los golpes y las notas se apoderan de todos los cuerpos; el aire huele a sudor y mariguana. Algunos cuerpos salen volando por encima de la multitud, todos como pueden bailan y corean su parte. De repente Manu queda solo con su guitarra: “Esta canción... va dedicada para todas esas mafias que se esconden detrás de la palabra democracia”, y empiezan a sonar los acordes de El señor matanza, “el decide lo que va, decide lo que no será, decide quien la paga, quien vivirá”.

Siguen dos horas de música continua, cortada solamente por una breve intervención de Roco, el líder de la Maldita Vecindad para hablar sobre los avances en los trabajos zapatistas, de la otra campaña y de ONG’s vinculadas. Luego vuelve la música y los gritos. Y la música “¡Welcome to Tijuana, Tequila, Sexo y Mariguana! Bienvenida mi amor, bienvenida Tijuana”; y entre las sorpresas del cantante franco-español suena también una versión del Volver, volver de José Alfredo a la punk. Manu y sus músicos dejan de tocar después de alrededor de dos horas, hasta que ya nadie puede más. El aire está lleno de una energía positiva.

Manu toma el micrófono y comienza a golpear su pecho emulando el sonido de un corazón que late: “pum-pum pum-pum”, cada vez más y más lento, hasta detenerse. Y sin palabras extiende los brazos, mira al público y comienza a aplaudirle. El público responde a su vez con una voz estridente de agradecimiento y con palmas. “Pase lo que pase”, dice Manu, “¡próxima estación: Esperanza!”.

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