Adiós Salvador Elizondo


Se conservan estas líneas escritas en un diario personal: "El poema era torpe, ripioso y sobrerrimado pero aludía a algo que jamás me sería enajenado y barruntaba una vocación que, perseguida por caminos tortuosos a veces y extraviados, nos lanza ineluctiblemente en una dirección que, como la de mi amor por Silvia, es ella misma la travesía y el puerto". El párrafo es un fragmento de Autobiografía precoz de Salvador Elizondo. Dicho libro representa, en la memoria de quién escribe esto ahora, un caso exitosa de primer encuentro. Exitoso por varias razones, entre ellas por un deslumbramiento, exitoso por mostrarse como una posibilidad maravillosa sobre la intimidad de la escritura y del escritor. Claro, y el libro es mucho más que esto. Una de las cosas más sorprendentes de aquella autobiografía es que fue escrita por el autor cuando este rondaba los treinta años. ¿Qué puede escribir alguien sobre su vida a esa edad? ¿Un intento de exorcizar la muerte? O incluso más: ¿un presentimiento claro del fin, de la muerte cercana? No sabemos. Y no sabremos nunca más allá de las explicaciones que Elizondo nos hace en su prólogo a la obra.

Hace a penas unos días corrió la noticia. Salvador Elizondo falleció a los 74 años el jueves pasado. El hecho arrebató espacios de secciones culturales y suplementos literarios de periódicos nacionales, en Bellas Artes se le rindió un apresurado homenaje, por demás políticamente correcto y obligatorio. Pero queda una sensación en el aire, como si aquella noticia terrible no se hubiera asentado en el fondo más profundo de cierta conciencia. ¿Es posible que Elizondo sea considerado un escritor menor? Tal vez. Hay quienes, previa lectura, decidieron condenarlo a los sótanos de las pretensiones fallidas, y dicen: “es un autor complicado, exagerado, orgulloso, pedante”, y, continúan, “para leer, a veces es mejor quedarse con lo que uno disfruta, no con lo que uno sufre”. Sin duda la obra de Elizondo se encuentra marcada por una búsqueda dentro del lenguaje, o más específicamente, dentro de las posibilidades del lenguaje. Claro que Joyce, por ejemplo. Pero las búsquedas, cuando son genuinas, son admirables por el empeño, es decir, por la sed que esconden, que representan; por aquella pregunta que, algunas veces, queda expresada en la obra de ciertos escritores, aquella pregunta que es: ¿nos podrá salvar la literatura?

Sabemos que Elizondo escribió, pintó, hizo cine, y después siguió escribiendo y de vez en cuando haciendo dibujos en alguno que otro cuaderno también. Elizondo siempre fue escritor, y no de los chicos. Elizondo representa el goce de la palabra volcada sobre sí misma, el contacto con la locura, la aduana a la experiencia intelectual como literatura y viceversa. Hace algunos meses se celebró el aniversario, con todo y edición especial, de Farabeuf aquella descomunal obra que trata de novelar un instante como si en el instante se fuera la vida, o mejor, la eternidad, o al revés. Todos los escritores mueren, mueren hasta los buenos escritores. Pero nos quedan las obras, y a las obras les queda naufragar por la historia en espera de nada. Les queda andar a merced de que sean valoradas o no, de que sean recordadas u olvidadas; les queda andar a merced de que un día nadie las recuerde, nadie tenga una copia, y dejen de existir, así como la humanidad tendrá algún día qué dejar de existir.

Entonces llega la tristeza.

(publicado en Cambio de Michoacán)

Comments

Anonymous said…
"La locura no es más que una forma paroxística de la soledad." Frase magnífica de Autobiografía precoz. No será fácil borrar a Elizondo y que quede la tristeza, él mismo habló del Ocaso de la tristeza. Sólo nos queda disfrutarlo. Salud.

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