Borges, el inmortal


I

Hay cierto texto aparecido por primera vez en The New Yorker en los primeros meses del año 1970. El título traducido es Autobiografía 1899-1970. La voz y las letras de ese texto básico son de Jorge Luis Borges, escritor ya harto conocido en las más altas esferas de la burocracia literaria de la época. Borges, sumido en la ceguera más oscura, lo ha dictado en inglés a su colaborador y traductor Norman Thomas di Giovanni. El texto es sobrio y realista, sin embargo la cadencia y el ritmo de las palabras va fluyendo por las hojas como el mejor de los relatos fantásticos bajo la pluma del mejor de los escritores. La predisposición que implica la etiqueta de “autobiografía” no impide pensar que la apacible marcha de la trama no tardará en dar en cualquier momento algún brutal giro para llevarnos a los linderos de algún abismo metafísico insondable y vertiginoso (cómo seguramente deben ser todos los abismo metafísicos que hay). Sin embargo, esa vuelta de tuerca (cómo inmortalizó Hernry Jame) no llega, no llega pero nadie lo desea, porque el texto no lo necesita. Hay algo todavía más sutil en las páginas que se abren, que se recorren; algo más sutil y más inquietante. Y eso es Borges. Borges por sí mismo y en un tono de voz que tal vez se parezca al de sus cuentos más escasos como El hombre de la esquina rosada o Emma Zunz, un tono peculiar, difícil de describir sin conceder un adjetivo burdo y sin desprestigiar su demás obra. Se ha dicho sobrio y realista, pero hay algo más. Un tono en el que se descubre que no hay otra cosa más que una sorpresa discreta y extraña que corre como agua entubada por las regiones más subterráneas de una ciudad, una sorpresa que no por se discreta deja de ser intensa.. La voz de Borges materializa un personaje con transparencia y sencillez tremendos, sin impulsos de poder o de deseo detrás del discurso sino sólo voluntad, voluntad como manifestación del sujeto que es, que encuentra en la palabra el médium de su materialización. Las palabras como expresiones puras, y la literatura como el topos de ellas, como el paraíso posible. Borges y su literatura.

II

Es 1899. En el centro de Buenos Aires hay una calle con nombre exótico; se llama Tucumán. En una casa pequeña que pertenecía a los Acevedo nace Jorge Luis Borges. Transcripción de sus palabras: “No puedo precisar si mis primeros recuerdos se remontan a la orilla oriental u occidental del turbio y lento Río de la Plata; si me viene de Montevideo, donde pasábamos largas y ociosas vacaciones en la quinta de mi tío Francisco Haedo, o de Buenos Aires”. Ahí está la figura del escritor tal como debe ser en toda biografía, la fecha y el lugar de nacimiento, incluso sus propias palabras como testimonio de la memoria de esos primeros días. Así se escriben las biografías, todo suele empezar del principio. Pero para qué. ¿A caso es más legítimo algo que se expone de manera lineal que algo que no? ¿Acaso es más comprensible? Quién puede decirlo, nadie con certeza. Es antigua la definición del un algo como aquello que se encuentra entre un principio y un fin, y esa ha sido la visión predominante. Pero porqué no hablar también de las cosas en el sentido de aquel Aleph cabalístico, aquel punto en el que se encuentran todas las cosas, de toda los tiempos a la vez. Borges murió en el 1986, un día de 14 de junio. Nunca recibió el premio Nobel. Sus detractores más encarnizados lo condenaron por sus opiniones y sus posturas, no por su obra. Borges fue amante del la literatura policíaca, de la cual hizo antologías junto con su colega Adolfo Bioy Casares. El año de su muerte se casó con María Kodamas, su joven asistente. La madre de Borges, Leonor Acevedo, aprendió inglés a través de su esposo, Jorge Guillermo Borges, hijo de Frances Haslam, mujer nacida en Staffordshire, de familia procedente de la región de Northumbria. Borges dictó su autobiografía a su colaborador y traductor Norman Thomas di Giovanni durante los primeros meses de 1970.

III

Cómo escribir de Borges. Cómo escribir un texto sobre él, sobre su vida. Qué decir de quién tantas páginas se han escrito ya, qué decir de su obra de compleja y rica interpretación, tan basta en su sustancia como para asirla de una sola vez y en definitiva, tan basta como para estamparle la etiqueta que la intente someter finalmente, que la intente alejar del estado natural de lo poético que no es otro que el de lo salvaje.

Es difícil escribir de Borges, es incluso difícil elogiarle en la medida que la lectura que se hace de él puede ser acusada de trivial al primer arrebato de alabanza. Los borgiomanos iniciados del sector más radical condenan a los no iniciados bajo los cargos de estupidez exegética o banalismo adulador hipócrita. Porque es justo decir que existe una secta, de proporción mucho menor que la del Fénix, que sostiene la primacía de Borges por encima de todas las literaturas y de todos los autores en la historia de la literatura, una secta compuesta por hombres y mujeres advenedizos y oportunistas que a su ver y su engaño, se dedican a adorar a su dios por puro snobismo, por el placer del regodeo en aquello que ha sido designado como alta cultura, como literatura exquisita, literatura para escritores. Estos hombres y mujeres nunca conocieron el paraíso de la literatura.

IV

Sobre Borges hay cientos de anécdotas, y como todo en él, como todo en toda su vida (o al menos eso nos empeñamos en ver con total flagrancia), todo o casi todo tiene una relación con la literatura. De niño la biblioteca de su padre representa el primer y el definitivo encuentro con las letras: “Si tuviera qué señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. En realidad creo no haber salido nunca de esta biblioteca. Es como si todavía la estuviera viendo. Ocupaba toda una habitación, con estantes encristalados, y debe haber contenido varios miles de volúmenes”. A partir de este momento inaugural los libros se sucederán como aquel río que concedía el escapa de la muerte en el cuento El inmortal. El primer libro es Hucklebery Finn, de Mark Twain. La primera vez que leyó El Quijote lo hizo en inglés –“Cuando más tarde leí Don Quijote en versión original, me pareció una mala traducción–. Tradujo El príncipe feliz a los nueve años. Posteriormente, durante su adolescencia en Ginebra, aprendió alemán por sí mismo para poder leer a Schopenhauer. La primera vez que leyó la Comedia de Dante fue en el ir y venir del transporte público de Buenos Aires en una versión bilingüe italiano-español que décadas después le haría afirmar que el único italiano que hablaba era el Dante. Las Mil y una noches es otro de sus libros de obsesión en esos tiempos. En los años posteriores de iniciación de la madurez le acompañan escrituras tan variadas como constrastantes: Whitman, Coleridge, De Quincey, Chesterton, Kafka, Wolf, Joyce, Faulkner, y un largo etcétera. Además es conocida la admiración que siempre profesó, y que se acentuó en sus últimos años, por la literatura nórdica.. Al final el escenario se vuelve infinito cuando se quiere hablar de Borges y la literatura, porque en Borges conviven todas las literaturas cómodamente.

V

Bien lo ha dicho ya el escritor argentino Rodrigo Fresán, no sin la irreverencia y el humor que lo caracterizan: “Borges se merece y necesita no una biografía sino una enciclopedia. Una –a ver quién se anima– Enciclopaedia Borgeanna. Y después extraviarla al fondo de un corredor con espejos para que alguien la encuentre y la lea y la active y así, página tras página, entrada sin salida, hasta el fin del principio. Hasta que el mundo sea Borges”. ¿Qué Dios detrás del Dios la trama empieza...?


Cambio de Michoacán (c)

Comments

R.B. said…
¡Órale!
Y yo que no he leído nada de Borges, sólo sobre el.
¿Qué te dijeron en el Cambio sobre el texto?
Yo creiba que se llamaba Jose Luís Borgués, como dijo nuesto honorable y nunca bien ponderado Señor Prsidente de la República Mexicana Vicente Foxete

Popular Posts