Soportar la escritura


¿Cuál es la razón por la que escriben los seres humanos? Por que son demasiado débiles para no hacerlo. Son pocos los que se pueden resistir a la escritura. Tales frasees se desprenden de la filosofía maldita que predica André Morney y que siguen sus amigos-discípulos. Paradójicamente, André, y quienes le siguen, Eloi y Alexandre, son estudiantes de literatura. Pero si no se debe escribir, entonces qué. ¿Silencio? De cualquier modo, la literatura necesaria ya ha sido escrita (de Homero a Jame Ellroy). Entonces ninguna palabra más, ni siquiera cartas, ni siquiera frases o nombres.

Es inicio de cursos en la universidad. Eloi y Alexandre son nuevos en la clase del profesor Mortier. Aparece brillante la figura de André a mitad de la clase; es un joven esbelto, de rostro rígido y cabello alborotado. Anduve pide la palabra. Su exposición es genial: propone la imposibilidad de evitar la escritura: porque quién pueda escribir, lo hará (nunca rehuirá su don). Pero quien puede escribir debe evitar escribir. Se levanta entonces una nueva especie de super hombre littéraire que aspira al silencio y a la no escritura como manifestación máxima de un estoicismo extraño. (Sin duda, derivar comprobaciones ontológicas de la Literatura sólo puede ocurrir en un país como Francia).

Eloi y Alexandre terminan por someterse al esnobismo del mundo académico, deciden, pues, ser intelectuales a toda costa, incluso si el precio que hay que pagar es la renuncia a la capacidad de pensar, a la capacidad de discernir. Por ello seguirán a André hasta sus últimas consecuencias: Alexandre renunciará a escribir teatro y Eloi tirará a la basura los borradores completos de una novela prometedora. Pero qué justifica esta renuncia, qué justifica este silencio: nada. Sólo el vacío y en el vació, sabemos, no hay nada. ¿El silencio es una trampa?

Hay unas líneas del poeta Francisco Hernández que ilustran el tema de la no escritura: “el poema/ es la única huella/ que deja el homicida/ en el lugar de los hechos/ (la hoja en blanco/ es un crimen perfecto)”. Hacer literatura es enfrentar la muerte; hacer poesía es cometer homicidio; no escribir es el crimen perfecto. Para el poeta no escribir es un crimen perfecto, porque no queda indicio de la naturaleza del crimen (incluso es posible que no haya sucedido) ni rastro del criminal. El autor de estos crímenes es, en cierto modo un artista perfecto: acepta con conocimiento de causa o sin saberlo, la inmersión en el mar de las letras, en el caudal omnipresente de la lengua que existe más allá de sus usuarios y de sus islas, las obras (los libros). Pero todo esto no es más que una bella construcción hecha de aire. André predica no una filosofía sino un esnobismo, y nadie lo cuestiona. Nadie. Ni el espectador.

El espectador confía en la historia, y al principio André nos parece, verdaderamente, un genio; los otros, Eloi y Alexandre, sólo seguidores mediocres sin vocación de poetas malditos. Pero todo está por cambiar (todo cambia, siempre todo cambia, ¡cuántos absolutos!): André desaparece, y la trama da un giro espectacular. Somos confrontados por nuestros prejuicios, por nuestra tendencia natural hacia el esnobismo, que en su forma más universal se llama egoísmo. Contar ese giro definitivo de la cinta puede resultar abusivo, sin embargo, habrá más de uno que desde el principio crea adivinar la dirección de esa vuelta; las líneas mismas de este breve texto se han insinuado ya bastante.

Les amitiés malefiques de Emmanuel Bourdieu recuerda el estilo cinematográfico de L’enfant, la cinta que en el 2005 se llevó la Palma de Oro en Cannes. Historia sencilla, guión perfecto, extravagancia nula, y una trama que prolonga (que se concentra en) los hechos preliminares y que termina justo cuando las situaciones de los personajes se encuentran exacerbadas para que ocurra el conflicto que entonces dispare el desenlace. La película termina antes del final. Sin embargo a diferencia de L’enfant, Les amitiés… concentra un poco de más flexibilidad en la idea de las tramas prematuras.

Como toda cinta que haya participado en la Semana de la Crítica de Cannes, Les amitiés malefiques es una cinta obligatoria para el cinéfilo consagrado. Quizá valga decir, para el esnob.

Comments

R.B. said…
A va, ya entendí lo de "la trampa".

Y sí, cinéfilo consagrado me suena a esnob.

A ver cuando la veo... (me acabo de acordar que quería ver A Scanner Darkly... ya no me dio tiempo...)

[¿Por qué siento que estoy "hablando sólo"] "demet!"
J.S. Macotela said…
jajaja, no, no hablas sólo... bueno, cuando dejas el mensaje sí, pero ya te leí. Entonces ya hay comunicación.
Gabriela said…
Querer comunicar. Estas afirmaciones dan para mucho diálogo, por cierto. El cinéfilo consagrado es algo así como el poeta en el taller de literatura. (broma) ji, ji.


Abrazo, Macotela. Se te aprecia por estos lares: levántese y ande.

G

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