Esta semana en Cuaderno Rojo.


Posibilidades del infierno

En el universo de las Mil y una noches aparece un infierno de siete pisos fundado por Alá, cada uno de los cuales se encuentra destinado al castigo de distintos culpables. El primero es para castigo de los musulmanes que han muerto sin arrepentirse de sus pecados, el segundo de los infieles, el tercero de Gog y Magog, el cuarto de las huestes de Ibis, el quinto para quienes descuidan las oraciones, el sexto para el castigo a los judíos y los cristianos, y el séptimo para los hipócritas. De los siete el más tolerable es el primero de ellos, y el libro de las noches de Sherezada (o Scheherezada o Shahrazad) cuenta que de ese primer infierno se sabe que contiene mil montañas de fuego, en cada montaña, setenta mil ciudades de fuego, en cada ciudad, setenta mil castillos de fuego, en cada castillo, setenta mil casas de fuego, en cada casa, setenta mil lechos de fuego, y en cada lecho, setenta mil formas de tortura. De los otros infiernos “nadie conoce sus tormentos, salvo Alá el Misericordioso”.

Entre la obra de Salvador Elizondo se encuentra la antología personal titulada Teoría del infierno; en el ensayo homónimo Elizondo propone si bien no una teoría en el sentido riguroso del término, sí una exploración de algunas de ideas de la figura del Infierno a lo largo de la historia literaria occidental.

El primer apunte en la lista cronológica es el mito órfico, a partir del cual, parece, se desprenden la mayoría de los imaginarios de infierno a lo largo de la historia espiritual de occidente: Orfeo, el cantor que desciende a los terrenos de Hades y Perséfone en busca de Eurídice. Al parecer, una buena porción de este mito será recibido y apropiado posteriormente por la tradición cristiana primitiva: Cristo, muerto en la cruz, baja al infierno para vencer a la Muerte. Además del mito órfico, Elizondo propone como herencia de los griegos el platonismo como base para la idea postrera de mundos inversos, es decir, para la noción de infierno y de paraíso como oposiciones en la cosmovisión del cristianismo.

El segundo apunte en la lista cronológica es Dante. Es casi seguro afirmar que después de la concepción religiosa actual, la visión literaria propuesta por Dante es aún uno de los referentes más fuertes en nuestro imaginario colectivo del averno. En Dante se conjugan la tradición griega y la cristiana: de nuevo el poeta es el que desciende a los infiernos, y una vez más, en medio de la trama se encuentra una mujer. A partir de la Comedia, propone Elizondo, el infierno es visto como efecto de la justicia y el amor divino. No obstante, sus implicaciones sobrepasan el referente teológico y se extienden a algo más parecido a una Summa de las raíces de occidente: el mundo helénico; y se abre una veta, el infierno como tópico literario y no como figura de religión.

Después de Dante las conjeturas sobre el infierno no hacen otra cosa que multiplicarse a lo largo de la historia a través de un circuito de variaciones que ponen el acento en diferentes espacios y tiempos, ya no sólo la eternidad sino también el tiempo concreto como la vigilia o el sueño. Por ejemplo, el infierno de los Sueños de Quevedo, El cielo y el infierno de Blake, la poesía infernal de Rimbaud y Baudelaire, los infiernos lingüísticos de Joyce (Finnegans Wake, como la mejor muestra de ello: un infierno lingüístico puro), los infiernos indirectos de Kafka, o el infierno también lingüístico de Burroughs . Además de la renovación del mito de Orfeo en las figuras de los faustos de Marlow, Goethe y Mann.

Elizondo propone una lista de infiernos que han poblado la literatura: “infiernos lógicos, infiernos matemáticos, infiernos lógico-matemáticos, infiernos subjetivos e infiernos reales, infiernos siempre por venir, infiernos nunca pasados, infiernos ilusorios, infiernos ilusorios inolvidables, infiernos de objetivización o de objetividad, infiernos imposibles o de dos dimensiones e infiernos que son como saloncitos burgueses con servicio de té”.

Por otra parte, aparentemente lejos de estas enumeraciones, el oriente, posee sus propias aportaciones al listado de avernos, cosa que, sin embargo, resulta dudoso afirmar, puesto que la literatura, desde siempre, se ha comunicado más allá de oposiciones culturales y lingüísticas. Una de las mejores pruebas de esto son las Mil y una noches, cuya aura de orientalismo muchas veces impide ver que la semilla misma de lo “occidental” se encuentra allí.

Finalmente, Salvador Elizondo es también digno de cierta sospecha: procurar que sus lectores sean transportados a infiernos verbales a través de sus páginas.

Comments

ricardo said…
Ojalá te vaya chido con tu columan John. Te unas preguntas pendejas: Si el Cielo está pues ne las nubes y esas ondas, ¿el Infierno está en el centro de la tierra? ¿O como que en un espacio y tiempo que no podemos comprender? Si Dios creó todo, ¿también creó al Diablo y al Infierno? Si no, ¿El diablo de dónd salió o así siempre ha existido y qué creó, nomás el Infierno y todo lo que hay en él? Bueno y ¿la maldad en el mundo? (¿y el universo infinito?)
ricardo said…
Iralo, no me contestastessss

Popular Posts