Tengo una nueva columna en el sumplemento de Letras de Cambio de Michoacán, se llama Cuaderno Rojo. Les dejo el primer texto.

Escribir un poema malo

Hace un par de días escuchaba de la boca de un respetable escritor la observación de que en Michoacán abundaban los poetas de tal modo que, en proporción, los narradores terminaban por ser pocos. El mismo escritor comentaba que le parecía curioso que en estados del norte del país la estadística fuera inversa: pocos poetas y muchos novelistas o escritores de cuento. La hipótesis para explicar el fenómeno me pareció interesante también: mientras la narrativa es, por lo general, un trabajo de largo aliento y que, por lo tanto, requiere mayor disciplina, la poesía suele nacer como en explosiones, momentos intensos pero breves. Claro, no se niega para nada que un poeta pueda tardar meses en la corrección de sus poemas, pero parece haber algo de cierto en lo anterior: mientras la poesía es como un espasmo que lo trastoca todo, es turbulenta y breve, el trabajo del cuentista o el novelista es lento, esquemático y a veces (es posible) desapasionado.

La poesía es como un terremoto y quizá no tenga otra forma de ser. Pero por fortuna un terremoto nunca dura horas enteras; de la misma manera, si ese estado de lo poético se prolongara por más tiempo conduciría al delirio. La poesía está hecha de la misma materia que detonó la existencia de todas las cosas, es fuerza originaria. Asomarse a ella es asomarse al abismo y sentir el vértigo. La poesía representa el límite del lenguaje: es el techo del edificio que se comunica con las cosas que ya estaban ahí antes de que hubiera edificio siquiera. El poeta es el que sube a la azotea del lenguaje y se recuesta unos minutos para mirar el sol arriesgando la propia vista, o al menos sería interesante que así fueran los poetas. Sin embargo, el problema con la poesía son sus profetas falsos, que sobrepasan en número por mucho a los profetas falsos del cuento o la novela.

El colador de profetas falsos en la narrativa es, precisamente, la disciplina. Quién sin estar loco puede dedicarle horas diarias a la escritura. Ese trabajo duro legitima al novelista como tal más allá de su obra, de si ésta es buena o no. El novelista de buena cepa padece una especie de locura, depende de dosis periódicas de escritura, de, en ocasiones, ser minucioso y obsesivo. La locura puede ser fingida, pero ningún loco que lo sea de verdad finge. Pero ¿quién escribe novelas? Suelen ser escasos los jóvenes que en los talleres literarios presentan cuentos largos o fragmentos de novela, y por otro lado son numerosas las muestras de poesía. Quizá por falta de una tradición local.

Si pienso en una ciudad del norte, por ejemplo Monterrey, viene a la mente la figura de Alfonso Reyes, uno de los más importantes prosistas de América Latina, aunque, claro, Reyes era poeta también. No se trata de hacer un examen o juicio de aportaciones literarias por cada ciudad de México, pero en un primer vistazo resalta que, efectivamente, Michoacán, no brilla por sus novelistas. Y más allá de recuentos históricos, hablemos de jóvenes autores, de aquellos que aún no figuran en listas de autores publicados, los que empiezan a tramar una posible carrera literaria: los talleres se llenan de poetas. Es bueno, pero resulta curioso de cualquier manera.

Es más fácil escribir un poema malo que escribir una mala novela. La brevedad golpea a la poesía por ese flanco. El novelista sea malo o bueno, debe trabajar para armar una historia, debe cansarse con lograr cierta unidad a lo largo de un buen tramo. Pero es justo decir que, de igual modo, podría ser más sencillo escribir una buena novela que lograr un buen poema. La brevedad, primero un lastre, es también una especie de control de calidad. La poesía, como es sabido, requiere precisión de relojero. En fin, ambas expresiones, más allá de cuestiones relacionadas con la sensibilidad, requieren de técnica, trabajo y oficio. Y es quizá en esta última parte dónde, por tradición, la gente del norte escribe más narrativa, y la gente del sur más poesía. En fin, todo cambia.

Comments

ricardo said…
Me acordé de lo que dijo una vez Alzate (¿Cómo se escribe?)... dijo algo como que había que saber reconocer cuando una sinfonía era mala y saber apreciar una cumbia buena.

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