Esta semana en el CUADERNO ROJO


Palabras y mundo

Hay un poema de la escritora norteamericana Margaret Atwood que ilustra muy bien la conjetura de una fundación del mundo a partir del lenguaje. El poema se llama You begin. Esta idea hace que recordemos a Platón y también a Borges refiriendo a Platón en El Golem: “Si (como el griego afirma en el Cratilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa,/ en las letras de rosa está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra Nilo”.

“You begin this way: /this is your hand,/ this is your eye,/ that is a fish, blue and flat/ on the paper, almost/ the shape of an eye./ This is your mouth, this is an O/ or a moon, whichever/ you like. This is yellow.”

Atwood construye un camino para que transite el lector hacia un momento fundacional. Somos devueltos a un estadio de desconocimiento, como en la infancia, desde el cual el mundo es apenas el gesto de unas manos, las formas primarias de un círculo, el peso de una piedra. You begin está fijado en los momentos de una fundación personal del mundo: descubrir la propia mano y luego su imagen, el propio ojo y su imagen, y entonces encontrar la relación casi secreta de las palabras que enuncian un acto con los objetos, descubrir que es el ojo el que observa la mano; observar una forma, un volumen, y pensar en ella como un ojo o como un peculiar pez azul: descubrir un principio, un origen y entonces enunciarlo. Enunciar. Descubrir la boca como fuente de reafirmación del mundo, porque de ella emana la palabra, porque ella “está llena y es la abundancia”, como dice Javier Marías a través de Jacques Deza en Tu rostro mañana. La boca puede ser también una letra o puede ser la luna: una “O”.

“Outside the window/ is the rain, green/ because it is summer, and beyond that/ the trees and then the world,/ which is round and has only/ the colors of these nine crayons.”

Descubrir formas básicas para luego ser consciente de que no son la única realidad y que también hay un adentro y afuera, que las cosas se proyectan en otras y que la cadena, parece, es infinita, por que más allá de la ventana está la lluvia verde del verano, “y más allá de eso, los árboles y en adelante el mundo, que es redondo y solamente tiene los colores de estos nueve crayones”. El mundo se explica, se construye con las palabras, porque ¿qué otra manera hay de conocer el mundo si no es con las palabras, si no es con los símbolos que ellas invocan? Las palabras pueden ser precisas, quizá más que las imágenes, porque a pesar de que se dice que una imagen vale más que mil palabras, es cierto que una imagen nunca podrá convocar el argumento o la explicación desmenuzada de las cosas, a menos, claro que se tratara del aleph del cuento borgiano.

“Once you have learned these words/ you will learn that there are more/ words than you can ever learn./ The word hand floats above your hand/ like a small cloud over a lake./ The word hand anchors/ your hand to this table,/ your hand is a warm stone/ I hold between two words.”

La tradición hebrea y cristiana hacen fuerte hincapié que el poder de la palabra es tal que puede ejercer influencia sobre el prójimo: maldecir representa según esta tradición atar un mal a la vida del otro. Margaret Atwood nos muestra esta magia del lenguaje al decir: “La palabra mano flota sobre tu mano/ como una pequeña nube flota sobre un lago./ La palabra mano ancla/ tu mano a esta mesa,/ tu mano es una cálida piedra/ que sostengo entre estas dos palabras.” En la Bibilia, Dios fundó el mundo con su palabra.

“This is your hand, these are my hands, this is the world,/ which is round bur not flat and has more colors/ than we can see./ It begins, it has an end,/ this is what you will/ come back to, this is your hand.”

El lenguaje, es cierto, posee límites –coinciden en ello especialistas¬. Pero parece ser que sólo la poesía puede ponerlos en entredicho.

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