This week on The Bloody Notebook

Las letras del señor K

En un cuento de Kafka un hombre se presenta ante las puertas de la Ley con la intención de entrar. Un guardia las custodia y no lo deja pasar. El hombre utiliza sin éxito todos sus recursos para convencer al guardia de que le permita entrar. Trata de persuadirlo con sus palabras y después con sus bienes. Sin embargo, el guardia se muestra impertérrito, soberbio. En cierto punto de la trama el guardia le acerca un taburete y el hombre se sienta. Pasa sentado el resto de su vida sumergido en la espera. Al final, el día de su muerte, se da cuenta de un detalle que no había observado antes y decide preguntar al guardia: “Todos aspiran a entrar en la Ley; ¿cómo es que en tantos años nadie más que yo ha solicitado entrar?”, a esto el guardia le responde: “Nadie más podía conseguir aquí el permiso, pues esta entrada sólo estaba destinada a ti. Ahora me iré y la cerraré”. El cuento es Ante la ley y es uno más de los que pueblan el libro Un médico rural.

Usualmente los cuentos de Kafka se nos presentan como una suerte de parábolas terribles; en ellas no está contenida una verdad moral, sino algo parecido a un terror secreto, una verdad horrible sobre el mundo, que, como la moral, es también subjetiva. La literatura kafkiana es extrañamente incómoda y pone en entredicho la noción de literatura como algo inocuo. Si hay literatura inofensiva si duda no es la de Kafka. Una buena parte de sus cuentos se aparecen ante los ojos del lector como una pesadilla: sin imágenes horrendas y sin amenazas directas visibles, se va despertando como gigante que estaba dormido una sensación de impotencia y de fatalidad difícil de asir, difícil de comentar más allá de lo que ya cuenta la ficción; es, sin duda, la combinación de elementos con los que Kafka supo jugar muy bien lo que propicia estas atmósferas opresivas, estas confrontaciones del sentido común. Por ejemplo, en el cuento El nuevo abogado somos testigos de un abogado que es en realidad un caballo, y no cualquier caballo, sino el que montaba Alejandro Magno. Aquí podemos suponer una metáfora, pero la verosimilitud de la narración abre la posibilidad de que el mundo sea efectivamente tan absurdo para no observar ninguna extrañeza en el hecho de que un caballo, resignado por el espíritu de los tiempos modernos, deba dedicar su vida a usar traje, cargar maletín y tener la nariz metida en libros de códigos y leyes.

Quizá antes de Kafka la literatura podía ser beligerante en un sentido más directo del discurso, podía usarse para criticar ideas política, u otro tipo de sistemas de pensamiento; podía utilizarse para criticar a Estados, para criticar los usos y costumbres de una sociedad, para descalificar y difamar a personas, incluso para hacer parodia de cosas solemnes. Después de Kafka la literatura se ha adentrado en una exploración del laberinto individual cuya ambigüedad, parece, ha permitido un cuestionamiento más radical de las cosas.

Como en toda parábola, las narraciones kafkianas mantienen un pie de cada lado de la cerca, uno en la ficción y otro en la realidad. Pero si la ficción presentada es inusual, la parte que le toca a la realidad lo es todavía más, en un sentido de opacidad: las realidades que desvela Kafka son aquellas que ordinariamente se encuentran opacas. La realidad de la que da cuenta Kafka es la del sujeto frente al mundo, y entonces, en conjunto, tenemos una visión del sujeto al mismo tiempo que una del mundo donde se encuentra dicho sujeto. El comentario al pie de página de la obra kafkiana parece ser: El lugar y el tiempo condicionan al individuo que existe en ellos. En Kafka, la sociedad es la Europa de postguerra. Kafka evidencia los absurdos y sinsentidos que el sujeto enfrenta por primera vez en la historia, luego de muchos siglos de seguridad dada por los grandes relatos que afirmaban el mundo. Y después explora, explora hacia adelante, lleva a sus personajes a las últimas posibilidades de la impotencia frente a una maquinaria invisible y contundente. Es en este sentido que se puede afirmar que no fue tan errado el comentario que alguien una vez se hizo sobre Kafka como el profeta que previno de los totalitarismos.

Kafka no dejar de ser admirable, pero hay otros dos escritores con los que la obra de Kafka encuentra paralelismo y que parecen un poco olvidados de las lecturas “clásicas”: Robert Walser y Herman Melville. Se sabe que el primero era leído por Kafka y que incluso gustaba de leerlo a sus amigos en voz alta. En cuanto a Melville, el cuento suyo que nos recuerda a Kafka es el de Bartleby, el escribiente. Walser y Melville: dos narrativas también inquietantes.

Comments

Dorotea said…
Jon: Publica todos los textos encontrados en tu cuaderno rojo por favor, es que mis lecturas están más incompletas aún, me faltan como 3.

gracias, abrazos.

Popular Posts