Crónicas lisboetas

EL CAFÉ DE PESSOA

En Lisboa hay un café con el nombre de A Brasileira. Está situado en el barrio de Chiado y tiene la particularidad de poseer en la terraza una estatua de Fernando Pessoa sentado, ocupando su propia mesa. El poeta se aparece ahí como un personaje solitario, opacado en cierto modo por el ajetreo habitual de la calle y la misma cafetería. Esa tarde se veían nubes de lluvia en el cielo y en el interior del café ya no había cupo, así que decidimos tomar uno de los lugares en la terraza. El parloteo de los parroquianos era la música de fondo. Los meseros se observaban abrumados. Y Pessoa estaba ahí, impasible, levantando la mano, como la figura más ignorada de la tarde. Seguramente éramos los únicos comentando sobre la soledad emanada de la figura del poeta. Habíamos ido hasta allí sólo para verlo; encontrar que la estatua estaba dentro del mismo café y no en un sitio más público como una plaza había sido una sorpresa. La demás gente estaba allí para tomar café, no para ver poetas o hablar de la soledad de las estatuas. Por un lado de Pessoa pasaban meseros y clientes sin ninguna especie de atención especial. Pessoa era sin duda un fantasma del café, uno que sólo veíamos nosotros.

Después de veinte minutos sin que nadie se acercara a pedirnos la orden (mientras que nuestros compañeros de terraza ya habían sido todos atendidos), paramos a un mesero haciendo gestos y un poco de escándalo. Finalmente se acercó y nos tomó la orden con una impersonalidad digna de funcionario público. Veinte minutos después nos trajo el café, con la misma impersonalidad con la que lo sirve una máquina de café de monedas. Pessoa seguía igual, levantando una mano en un gesto que en ese momento nos pareció inexplicablemente triste. El aire comenzaba a ponerse frío, el sol a meterse y la lluvia a caer en forma de esporádicas y minúsculas gotas.

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ANTONIO LOBO ANTUNES EN EL METRO

Una mañana en la Estación de Oriente se montó una pequeña feria del libro. Encerrada entre paredes improvisadas de plástico se había iniciado una vendimia de libros usados. La improvisada tienda tenía forma rectangular y estaba compuesta por cinco mesas, todas ellas repletas de libros; había una mesa en cada una de las paredes y una alargada en el espacio central. Todo estaba dispuesto para que fuera difícil el movimiento; es de suponerse que esto tenía la intención de servir como estorbo a la posible delincuencia. Abundaban los libros de asuntos no literarios: cómo pescar, decoración de espacios cerrados con flores, métodos para educar perros, etcétera. Sin embargo, era posible encontrar una pila de libros viejos con poemas de Pessoa en no muy buenas ediciones. Había también una esquina con diccionarios de bolsillo portugués-portugués. En general, los precios eran sorprendentemente bajos, pero poco llamaba la atención lo suficiente como para hacer el gasto, hasta que aparecieron los libros de Antonio Lobo Antunes. Alguna vez procuré leer No entres tan deprisa en esa noche oscura, pero ese primer encuentro con una novela del portugués no fue afortunado. Sin embargo, encontrar de nuevo una obra suya, en su ciudad natal, y en su idioma, pareció suficiente para volver a despertar ese entusiasmo que ya había olvidado. Después de varios minutos de reflexión y a sabiendas de que sólo podría adquirir un libro, y no más, decidí que compraría A morte de Carlos Gardel. Después pensé que si Antunes me había parecido complicado en español, la cosa no sería ni por poco menos complicada en portugués. Manías de comprador compulsivo. Ese día comí y cené sólo un vaso de café. No había dinero para más.

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UNA NOVELA EN INGLÉS

Una noche bajé por una calle de la zona Baixa. Un titiritero montaba su espectáculo de un lado de la calle mientras de otro un hippie con ropas de punk tocaba la flauta transversal a cambio de algunos centavos de euro. Casi al final de la calle, varios jóvenes corrían de un lado a otro jugando con una botella de cerveza tapada con una bolsa de papel; tomaban de ella para después cerrarla y aventarla a otro de los compañeros corredores, que repetía el mismo gesto vertiginosamente. Al fondo de la calle se levantaba un centro comercial, una de las librerías más grandes de Lisboa (donde también se venden películas, discos, y artículos computacionales). Ahí, como buena librería europea, existía una sección general para libros en portugués y varias más pequeñas para libros en otros idiomas. Por curiosidad revisé cada una de las secciones. Cuando tocó el turno de los libros en inglés me topé con Brooklyn Follies, una novela de Paul Auster que había sido publicada en su idioma original apenas unos cuantos meses atrás. Era una edición en paperback de bolsillo. Decidí comprarla y salir, yo mexicano, de la librería portuguesa con un libro en inglés.

Comments

ricardo said…
Se me antoja ir a ese café, aunque sea pésimo el servicio
Marco Polo said…
John, que tal? checa las nuevas letras en www.arenasminadas.blogspot.com
saludos
ricardo said…
tu última columna estuvo chida :D

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