Diez años


En unos cuantos días se cumplen diez años de la muerte de Roberto Bolaño. Debo decir que yo me enteré de su existencia el mismo día que falleció: en el 2003 yo trabajaba en la redacción de un periódico local y supervisaba la información de la sección cultural; la nota de la muerte de Bolaño nos llegó como una más de entre las cientos de notas que las agencias noticiosas suministraban a la redacción todos los días. No llamó mi atención la nota de su muerte, sino otra nota en la que se recolectaban lamentos de otros escritores de los que ahora sólo recuerdo a Enrique Vila-Matas y a Susan Sontag (pero la lista era larga). Esa desmedida atención por parte del mundillo literario sobre un personaje que hasta el momento desconocía fue mi primer contacto con la imagen del escritor. Algunos años después, un amigo me prestó uno de sus libros de cuentos y quedé sorprendido. Lo que sigue es una variación de una reseña que escribí hace algunos meses sobre Llamadas telefónicas.






Bolaño y el iceberg

Decía Hemingway que un buen cuento debía ser como un iceberg; lo que leemos sería el témpano visible y todas aquellas cosas que han precedido a la historia o que continúan más allá de nuestra vista una vez terminada la lectura conformarían el resto de la gigantesca roca de hielo. Lo de las profundidades sería entonces una enormísima masa de sucesos, relaciones, situaciones, personajes invisibles sosteniendo en silencio la historia que leemos.

Roberto Bolaño era chileno y era escritor. De joven vivió algunos años en México ante de emigrar a España, en donde básicamente escribió su obra. Falleció prematuramente a la edad de 50 años en el 2003. Bolaño fue un escritor desconocido hasta la publicación de su novela más famosa, Los detectives salvajes (1998); desde entonces su nombre gana más y más terreno dentro de la especulación de los críticos, y como sucede con alguien muerto prematuramente, los últimos años la ola de su mito crece. Sin embargo, los comentarios sobre su obra no han sido siempre elogiosos, muchos sospechan de su auge y lo visualizan como un producto del marketing editorial.

Ahora bien, ¿qué tiene qué ver la teoría de Hemingway sobre el iceberg con Bolaño? Mucho. La escritura de Bolaño está construida en gran medida sobre el recurso de la opacidad; en su narrativa se dibuja la idea de la trama (el plot, en inglés) como despliegue de lo periférico de la vida, en lugar de trama como despliegue de la vida misma (la suma de los hechos, las situaciones, los personajes, objetos, que rodean al sujeto durante su vida); la narrativa de Bolaño se desmarca del mito de la trama como totalidad, y se sitúa con menos pretensiones en el terreno de lo sugestivo, del iceberg: en la narrativa de Bolaño no se muestra la vida sino que se proyecta la profundidad del tiempo vital y el cuento (o la novela) se constituye en observatorio. Bolaño dibuja la historia de un sujeto a partir del tradicional uso de la anécdota pero con un funcionamiento no tradicional: la anécdota no se presenta como el valor principal de la narración sino como el análogo de la mirilla del voyerista: lo importante ocurre no en la anécdota sino que ha ocurrido antes y ocurrirá después. Pero lo que se atestigua tras esa pared voyerista (tras el muro de papel que nos ofrece el contacto físico con las páginas del libro) siempre es una escena indescifrable e inquietante (y es así por su característica futilidad). Los personajes de Bolaño parecen triviales, pero guardan un secreto que flota en la escritura, y su secreto no tiene qué ver con su relevancia o su importancia anecdótica, sino con las proyecciones vitales que emanan y con el asombro que se desprende de pensar que estar frente a ellas es estarlo frente a lo que no se puede nombrar más allá de epítetos y símbolos: el origen y el final.

Cito algunos ejemplos de estas mirillas a lo inquietante en el libro Llamadas telefónicos: es el caso de la historia de Sensini, fracasado escritor y exiliado argentino que está dedicado a cazar premios literarios para sobrevivir; o la historia de la vida del escritor-héroe Henri Simon Leprince, despreciado por todos al mismo tiempo que temido y admirado por su apoyo a la resistencia durante la ocupación alemana de París; o la historia de El Gusano, oriundo de un pueblo fantasma en el norte de México, que un adolescente conoce en sus paseos mañaneros por la Alameda de la Ciudad de México (cuento, éste último, en el que también aparece una antigua diva del cine mexicano en su época dorada).

Me parece inevitable asociar Llamadas telefónicas con aquel clásico latinoamericano Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges. Ambos libros son un catálogo de personajes, pero la diferencia contundente entre uno y otro ocurre en el hecho de que la infamia de los personajes del mundo de Bolaño ha sido justificada y revertida a tal grado que por alguna extraña razón ésta se vuelve un signo que apunta a nosotros mismos con un dedo acusador que no renuncia a la incredulidad o la indiferencia; las cobardías de los personajes, sus errores, sus necedades son también nuestras. La literatura de Bolaño sugiere en contraste el peor de los pesimismos (todos estamos muertos y esto es el purgatorio o el infierno) y la conmovedora visión de nuestra fragilidad humana.

Popular Posts