“Hay algo imaginario en la música cuya función es consolidar, constituir al individuo que la escucha, y eso imaginario llega con rapidez a la lengua por medio del adjetivo”, dice Roland Barthes en su ensayo “El «grano» de la voz”. ¿Pero qué es esta imaginación, de dónde proviene? Su origen se intuye en el juego de los códigos que dotan de significado al sonido –un juego con reglas que determinan las formas del sonido, y en el que las formas reconfiguran a su vez los códigos–. Podría decirse que lo imaginario de la música pertenece a lo que para Cage es la zona de la memoria. Lo imaginario sonoro, los códigos, la memoria, no son conceptos idénticos pero todos ellos se enmarcan en el territorio común de la significación. Si la música constituye al individuo que la escucha es debido a que ella presupone un orden en el que se encuentra prefigurada también una imagen del sujeto. El efecto de esta representación suele quedar evidenciado en el lenguaje, “el predicado es siempre la muralla con que lo imaginario del individuo se protege de la pérdida que le amenaza”Aquí Barthes está articulando la hipótesis general del lenguaje como manifestación de valores sociales y culturales, y al mismo tiempo la hipótesis concreta de que cierta manera de hablar de la música la revela como una entidad constituida por ciertos valores –el “algo imaginario”– sociales y culturales. Pero no se trata de sancionar la imposibilidad de toda comunicación verbal sino de criticar un modo muy específico en el que el lenguaje recubre de significación a la música: el adjetivo, y su forma más radical, el epíteto.

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